En la Comunidad de Santa Cruz de Mapaurí, territorio Pemón, donde el viento parece traer mensajes del firmamento, Alejandra Loyola Palma camina con la seguridad de quien conoce los secretos de la tierra y las estrellas. Nacida el 23 de diciembre de 1982 un año que ella considera marcado por el destino debido a su coincidencia con hitos internacionales de los pueblos indígenas, Alejandra no es solo una líder; es el puente vivo entre dos mundos.
Heredera de un linaje de caciques y piasanes (chamanes), su sangre arrastra la valentía de su abuelo Mosoppuzko, quien liberó territorios con arco y flecha. Sin embargo, la batalla de Alejandra es diferente: ella lucha contra la desidia, la minería y la pérdida de la identidad cultural.
“Yo me entregué totalmente a esto, a la manifestación natural de los elementos”, afirma con una voz que refleja la firmeza de su carácter, forjado entre la selva y la ciudad. Alejandra se formó como enfermera fuera de su comunidad indígena, adquiriendo los conocimientos de la medicina occidental, pero nunca soltó la mano de la naturaleza. Hoy, aplica una medicina integral que sana el cuerpo con terminologías técnicas y el alma con sabiduría espiritual.
Bajo el cielo inmenso de la sabana, hoy su vida transcurre en el corazón del Consejo de Sabias y Sabios, ese archipiélago de abuelos que cargan sobre sus hombros la memoria de un pueblo que solo sabe decirse a través de la palabra. Con la paciencia de quien hila el tiempo, ella organiza rituales cotidianos donde el casabe y el cachiri se comparte con la misma naturalidad con la que se intercambian los secretos del tejido, los misterios de la siembra y el alma medicinal de la selva.
En esos conversatorios interminables, que son ríos de sabiduría fluyendo sin descanso, los niños y jóvenes escuchan con el asombro de quien descubre un mundo por primera vez. Para Alejandra, este esfuerzo es un latido de urgencia vital: una siembra necesaria para que el saber Pemón no se desvanezca en el aire y las nuevas generaciones crezcan nutridas, para siempre, por la savia de sus propios ancestros.
La Gran Sabana, ese paraíso de tepuyes y morichales, enfrenta amenazas que Alejandra describe con dolor: el brillo del oro que «pide algo a cambio» y la basura que dejan los turistas, a quienes compara con seres que han perdido la razón y hace énfasis en que “…nuestra Madre que es la Tierra sagrada, sufre y padece cada maltrato que los seres humanos con su falta de amor le hacen”.
Su mayor temor no es la enfermedad propia, sino el olvido. “Mi temor es que yo podré llegar a mis 150 años, ¿pero quién va a seguir este camino?”, se pregunta. Por ello, se ha convertido en una educadora incansable para los jóvenes, explicándoles que el oro es un ser sagrado que pertenece al núcleo de la Madre Tierra y que su extracción solo trae «muertes lentas».
A través del proyecto “Conservación u uso sustentable de diversidad biológica en la cuenca del río Caroní, estado Bolivar” ejecutado por la FAO y el Ministerio del Poder Popular para el Ecosocialismo (Minec), Alejandra ha visto un renacer en su tierra. El proyecto busca restaurar áreas degradadas, mejorar los medios de vida, sensibilizar y fortalecer las capacidades de las comunidades Pemón, así como contribuir con el rescate y valoración de los saberes ancestrales, promoviendo la documentación, sistematización y el intercambio de saberes.
“Vemos que se están recuperando los frutos ricos de la zona, hay más presencia de animales y se siente como una vida otra vez”, comenta con entusiasmo Alejandra. “El proyecto ha logrado integrar el conocimiento técnico con el respeto a los «árboles padres», esos gigantes sagrados que los abuelos conocen por su nombre Pemón y están trabajando en las escuelas con lo más importante que son nuestras niñas y niños, ellos son la esperanza de nuestra Madre Tierra”.
El legado de liderazgo en la comunidad indígena pemón de Santa Cruz de Mapaurí continúa dando frutos tangibles. Bajo la visión transformadora iniciada por la antigua capitana, Alejandra Loyola, y hoy consolidada por el actual capitán, su hermano Leonard Loyola, se ha tejido una red de iniciativas comunitarias para la protección y restauración de su territorio con el proyecto.
En el ámbito de la soberanía alimentaria y la recuperación del paisaje, ya se han establecido viveros agroforestales, comunitarios y familiares. Estos espacios estratégicos servirán tanto para restaurar áreas degradadas previamente identificadas como para fortalecer los tradicionales conucos como patios productivos sostenibles.
El diálogo de saberes cobra vida en el nuevo “sendero fenológico comunitario”. En esta ruta, las juventudes asumen el rol de guardianas y guardianes del bosque, participando activamente como monitores junto a las sabias y sabios de la comunidad para preservar el conocimiento ancestral.
Para blindar estos esfuerzos frente a uno de los mayores desafíos de la Gran Sabana el fuego, se conformó la “Brigada Comunitaria Indígena para el Manejo Integrado del Fuego”. Este hito destaca por su fuerza integradora: 22 mujeres, hombres y jóvenes fueron formados y certificados por INPARQUES. Hoy, esta brigada ya cuenta con la indumentaria y las herramientas necesarias para defender su ecosistema de manera oficial y segura.
El impacto de estas acciones asegura su trascendencia al ser replicadas en las escuelas locales, involucrando a niñas, niños y jóvenes, demostrando que la verdadera conservación nace y se sostiene de la mano de la comunidad.
Para Alejandra, este esfuerzo es como volver al origen sin retroceder, permitiendo que la tecnología y la tradición convivan para proteger el corazón de la Gran Sabana, los bosques.
Alejandra Loyola sigue siendo un espíritu libre. Aunque en sus sueños dos abuelos le pidieron «soltar el águila» para convertirse en una manada de lobos que proteja a la colectividad, su esencia permanece intacta. Ya sea atendiendo a los abuelos en su comedor comunitario o debatiendo con técnicos internacionales, ella sabe que su misión es clara: velar por que las futuras generaciones no solo hablen su idioma, sino que amen la madre Tierra tanto como ella.
“Nadie me dirige, yo misma sé por dónde ir”, dice quien prefiere ser su propia jefa para no culpar a nadie más de su destino. En el horizonte de la Gran Sabana, Alejandra Loyola Palma sigue volando alto, asegurándose de que el legado de los piasanes nunca se desvanezca bajo el polvo de la mina.